sábado, 29 de marzo de 2008

Amistad: cómplice y verde

Desde hace algún tiempo había estado tratando de realizar un paseo a la montaña, a esa muralla natural que es nuestro Cerro El Ávila, para muchos el cliché: pulmón de la ciudad, para mí, mi verde pintado entre el cielo y la ciudad de rutina y caos.

Llegó la Semana Santa como anillo al dedo, momento para descansar, para reflexionar, para divertirse, en todo, para suspender la rutina y liberarse en el sentido más amplio. Algunos liberados del pecado, o de la culpa, otros liberados del trabajo van a hacer colas interminables para festejar la playa, la bonanza o la última oportunidad.

Mientras todos se enfilaban hacia un mismo destino, lo que para mí significaba llevar la cola, la rutina y la misma gente a un espacio no habitual, decidí liberarme del tráfico, las cornetas, el smog y hasta de la gente y me dediqué a aquello que nunca tengo tiempo de hacer: caminar y ver Caracas de lejos, bonita, silenciosa, casi podría decir que más verde.

Por supuesto que no todo fue caminar, también algunas diligencias y repsonsabilidades mantuvieron mi mente y cuerpo encapsulado, trabajando como hormiguita para regalarme un fin de semana diferente. Esperé paciente, trabajé duro, me asomé cada día hasta sentir el estruendo silencioso de una Caracas vivible, caminable, comible.

Justo cuando me dispuse a divagar entre posibles destinos y actividades, una querida amiga, me leyó el pensamiento.

- Él Ávila, dijo.

Yo, media dispersa todavía y ya montada en el jeep que nos llevaría a la "Muralla Verde" le dije sin pensar que sí.

- Cuenta con nosotros amiga, dije.

La verdad es que el plan era todo lo que yo quería hacer y no había logrado precisar. Subiríamos a El Ávila, con el Sr Jorge, quién nos esperaría en el Hotel Ávila en San Bernardino, nuestro destino: el Museo de Arte Ecológico.

Una amiga que conoce tan bien mis gustos no me podía defraudar.

Desde que nos montamos en el rústico del Sr Jorge fuimos adentrándonos en la maleza, en el verde y la tierra, el olor de nuestro entorno cambió. Yo, sólo escuchaba las entonaciones, risas y comentarios de los chiquillos que fueron como ángelitos acompañando nuestro camino. Al mismo tiempo encontraba en los árboles y lomas formas indescriptibles que sólo la naturaleza ha podido crear.

Una subida, una bajada, otra subida y otra hasta comenzar a descender vía Galipán-Macuto. La nebilna no nos dejó ver el paisaje, o como digo yo nos invitó a ver más cerca que lejos... aquello se guardaba para más adentrado el día.

Al llegar al Museo de Arte Ecológico o como se le dice por ahí el Museo de las Piedras de Zóes, que por cierto está dedicado a la mujer, tendríamos que regirnos por algunas normas. Ahora no las recuerdo todas, una era quitarnos los zapatos y las medias, el contacto con la madre tierra comienza allí; y para poder entrar tendríamos que tener un chico en el grupo, éso lo teníamos ya pensado, entre dos de los angelitos (varones) y mi parejo, que serviría de comodín al resto de las chicas, estábamos listas para entrar.

Secretamente, había querido ir hace mucho tiempo con Héctor, siendo que es un espacio dedicado a la mujer y al amor qué mejor compañía que la de tu pareja y unas buenas amigas para celebrar el aire, la vida, la tranquilidad y la palabra en silencio, con gestos, sin más.

Habían pequeños espacios dentro del museo dedicados cada uno a un sentimiento, a una perspectiva (femenina o masculina), a un proceso de cambio o de reflexión. Fuimos posta a posta, manifestando de diferentes maneras el amor y el cariño, recuerdo que una de las máximas grabadas en los árboles que nos regocijaban, era que allí el defecto, el pecado es la polémica y la competencia.

Cada posta me dejo algo, trabajar en equipo y buscar siempre el equilibrio, aceptar que somos diferentes, ¡qué maravilla!; decir lo que quieres sin temor, confiar en tu pareja o en el otro, despojarnos del dolor, del negativismo, reflexionar y con plena conciencia pedir a la madre naturaleza algún deseo escondido, caminar por un puente a ciegas, tomando la mano de tu compañero, dejarte llevar, fluir, para finalmente ver lo que la neblina antes no dejó: Macuto en su máximo esplendor.

La vista de Dios es de seguro de las más hermosas que pueda tener el mundo, porque desde arriba todo se ve hermoso.

Transcendimos al tiempo, llegaron las 4pm y nosotros estábamos más que instalados.

Ahora tocaba subir, subir y otra vez para luego bajar de vuelta a Caracas, no sin antes mirar de pasada las flores, anotar mentalmente algunos nombres de posadas y ver la ciudad desde un ángulo diferente, de nuevo bella, pulcra, silenciosa.

Llego a casa, descanso y suspiro, agradecida del día vivido, experiencias como estas, son posibles gracias a la cómplice amistad. ¡Gracias Michi y a ti Mi todo!

No hay comentarios:

Archivo del blog